sábado, 4 de febrero de 2017

Hoy es un día gris.


Hace un viento que no es viento, un frío que no es frío. Camino y me arropa un mecer cálido que parece no querer llevar a ninguna parte, sólo estar. Las hierbas que atravieso, de  un color que no es color, que es pálido, se apartan sin rechistar, como adormecidas a mi paso.  Las copas de los árboles se bambolean tímida pero ampliamente, como respirando todas calmas y al unísono. Y sus hojas, partícipes de la cálida respiración, se mecen diferentes pero iguales, débiles pero fuertes. El sol apenas se abre paso entre las nubes, que de indefinidas se mezclan unas con otras en una suerte de niebla, que no es niebla. Su luz fría y cálida al mismo tiempo llega a mi y sin preguntar me invade, pero no hay inconveniente. Me sosiega y frena mi paso, mi mente, mi respirar...


Todo me recuerda a algo de atrás y a nada al mismo tiempo. Mi mente divaga, me esfuerzo por dar con aquel lugar, que en otro tiempo hace no sé cuánto ni cómo, hacía aflorar en mí este abanico de esencias. Como sin fuerzas desisto, suelto, libero y dejo volar esta preocupación. Con mi exhalación se separa de mí suavemente, sin prisa, pero libre y calma, como un pájaro de niebla. Ahora sí. Ahora disfruto de todo esto que me rodea, abro los brazos lentamente y me dejo yo también ser mecido por  el viento, los árboles, sus hojas, la hierba, el sol y las nubes. Melodías que se me insinuan, y armonías que quedan suspendidas. Todo parece cantarme una música,  que no consigo comprender, porque no es música, pero que siento en mi pecho. Inspiro. Expiro.


Hoy, más que otro, es un día gris. No es un día negro, no es un día blanco, ni azul purpúreo, ni naranja cálido, ni índigo. No es anodino ni impetuoso. No es de verano ni de invierno. Es algo diferente, pero tampoco importa. Hoy no parece haber tiempo.


Hoy es un día gris.

[Escucha recomendada para lectura: ”Pavane pour una infante défunte”, Maurice Ravel]